14 Aug 2019

EL MUNDO. 14 Agosto 2019. A finales de julio The New Yorker publicó un artículo provocador: Was the Automotive Era a Terrible Mistake? (¿Fue la era automotriz un terrible error?). El texto cita varios libros que perfilan el futuro del coche en EEUU. Uno de ellos -Are we there Yet? de Dan Albert-, sostiene que a finales del siglo XIX el vehículo eléctrico y el de combustión se habían desarrollado en paralelo y el eléctrico tenía ventaja (aceleraba más rápido y era más limpio) y contaba con la preferencia del público.

Dice Albert que el motor de combustión era la opción B entonces y que cuando inversionistas innovadores como Albert A. Pope, jefe de la compañía de bicicletas Columbia, decidieron en 1896 entrar en el negocio del automóvil, prefirieron invertir en coches eléctricos. "La gente nunca se sentará sobre una explosión", razonaron en relación con el motor de gasolina. Once años después, Pope estaba arruinado.

Lo cierto es que la electricidad era la energía que entusiasmaba a todos a finales del siglo XIX. El mayor problema ambiental era el estiércol de los caballos que tiraban de los dos millones de carruajes que había en EEUU en 1907. Pero los combustibles fósiles se impusieron -incluso para generar electricidad- con tanto éxito y a tan bajo coste que probablemente retrasaron el desarrollo de energías renovables y de métodos para almacenarla durante un siglo.

El texto de Albert especula con el coche sin conductor y con la falibilidad humana que ha causado que 3,6 millones de personas hayan muerto en accidentes de tráfico en EEUU desde 1899, pero lo que más llama la atención es cómo la historia se bifurcó entre el motor eléctrico y el de combustión.

No se trata simplemente de una decisión que hoy se puede cuestionar como ineficiente, como la que se produjo cuando el mercado prefirió el VHS al Betamax, sino de un cruce de caminos donde se optó por un modelo de sociedad petróleo dependiente, en el que se apostó por convertir el coche en un bien particular, símbolo de independencia, que pasa el 95% de su vida útil aparcado, como han comprobado Uber o Cabify.

Nadie como la industria del automóvil ha conseguido crear tantas necesidades innecesarias. Lo pienso cada vez que veo a los padres recogiendo a sus hijos en los colegios de la hiperasfaltada España en sus todoterrenos, como si estuvieran preparándose para sobrevivir a una riada salvaje o a un paseo por las Médulas. Si hasta existen botes de spray de barro para que los fanáticos puedan ensuciar sus vehículos para exhibirlos ante los compañeros de trabajo.

https://www.elmundo.es/opinion/2019/08/14/5d52a98ffc6c839c468b463a.html